Limachito: una lección de Derecho que no se enseña en el salon
Miguel Moreno
Estudiante de Derecho – Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

Como estudiantes de Derecho, solemos concentrarnos en cómo deberían ser las cosas, pero rara vez nos detenemos a confrontar cómo son las cosas. Fue desde esa inquietud que decidí darme la oportunidad de representar a nuestra Universidad en una misión en Chile. En conjunto con otras 4 delegaciones de Universidades Católicas de Bolivia, Honduras y Chile.
El lugar fue Limachito, un poblado de mediana extensión que alberga alrededor de seiscientas familias. Se trata de una comunidad periférica, marcada por una realidad una realidad ajena a nuestra experiencia cotidiana: la extrema pobreza, acompañada de profundas necesidades tanto materiales como espirituales.
En estos días hicimos de todo… Caminamos casa por casa, escuchamos historias que dolían y silencios que decían más que mil palabras; ungimos enfermos, acompañamos ancianos desolados, compartimos con familias rotas o heridas y celebramos con quienes aún encontraban motivos para la alegría. Oramos juntos y por separado, cantamos, bailamos, recibimos formación, celebramos la Eucaristía… Hubo rechazo y hubo acogida, cansancio y entusiasmo, lágrimas contenidas y sonrisas inesperadas. Llegamos con algo que ofrecer y volvimos transformados por lo recibido. Cada gesto, por pequeño que pareciera, fue parte de una misma experiencia: habitar la realidad tal como es, dejarnos transformar por ella y aprender que la misión no se reduce a una tarea concreta, sino que se despliega en todo lo que se vive con presencia, fe y humanidad.
La misión comienza en donde estamos y con lo que somos, decía un compañero misionero. Como se nos enfatizó, somos estudiantes de la ciencia del amor, de la realidad, una ciencia que no se aprende en aulas ni se certifica con diplomas, sino que se comprende únicamente en la entrega. Con el paso de los días se hacía cada vez más evidente una intuición sencilla y, a la vez, exigente: la misión no es un sustantivo, es un verbo. Algo que no se posee ni se enuncia, sino que se conjuga con los sustantivos del cuerpo, con el adjetivo del tiempo y con el adverbio del “yo”. Estos son el tipo de experiencias que hacen que una institución como la nuestra sea diferente a una pública o privada. La oportunidad de aprovechar la “catolicidad” (que significa universalidad) que no solamente caracteriza a nuestra Iglesia, sino que a nuestra cualidad de seres humanos viviendo en sociedad.
Por otra parte, entendí que cuando el conocimiento deja de flotar en abstracto y desciende a la experiencia, la realidad se vuelve más legible. No porque se simplifique, sino porque se deja percibir. Es algo que ya intuía Aristóteles cuando advertía que la teoría, por sí sola, tropieza una y otra vez, pero la teoría sumada al componente experiencial, es lo que hace que seamos artistas y finalmente conocedores de la ciencia, que según él define es el conocimiento de las causas primeras. No propongo que hemos llegado a ese hito, pero definitivamente esta experiencia hace que estemos un paso adelante en esta escalera del entendimiento de la ciencia de la vida.
Me he chocado con la realidad de no recibir mucha atención a mi deseo intrínseco de contarle a todo el mundo lo que sucedió y lo transformador e increíble que fue, pero quizás todo redunda en nuestra inhabilidad de poder poner en palabras vivencias tan increíbles. Me rehúso a pensar que esto fue una experiencia inefable y que me tengo que ceñir al proverbio de Wittgenstein: “Donde no se puede hablar, hay que callar”. Mejor soy partidario de Neruda y opto por que: “la palabra es un ala del silencio”. He aquí el porqué de escribir esta crónica, simplemente un esfuerzo de articular una experiencia que cambió vidas en todas las direcciones.
En fin, opto por pensar que quienes vivimos esta experiencia estamos llamados a reflejarla más con el ejemplo que con las palabras. Al menos en lo personal, haberme enfrentado a esa realidad, habitarla, hacerme parte de ella; convivir con personas cuya vida interior resulta tan profunda como inspiradora; sentir el calor de un país hermano y dejar sembrada una semilla de esperanza, ha sido una enseñanza que no necesita proclamarse: basta con vivirla.
Les invito a que lean la crónica que escribí, en la cual relato lo vivido en más detalle.
Crónicas: Crónicas de un Misionero en Limachito
https://youtu.be/cXFGjcjFHKg?si=6wYL3Jk49F0UlDFZ
